Me gustaría compartir con vosotras, familias, una historia. Es la historia de Sofía, una madre que necesitaba sentirse escuchada y no juzgada. Es un relato de una madre, que se siente sobrepasada por diversas circunstancias. Mientras Sofía, entre silencios y sollozos, intentaba verbalizar su abatimiento, yo sentía que me gritaba: “ayúdame”.
Sofía -le dije- este momento es tuyo. Puedes decir lo que quieras y expresarlo como lo sientas. Nadie va a juzgarte.

Pasados unos segundos sin obtener respuesta, le dije: si crees que puede serte de ayuda, te invito a que, en este momento, cierres los ojos y pienses en algo bonito, que te haga sentir bien: la sensación de las olas del mar mojando tus pies desnudos, o el viento masajeando la piel de tu cara mientras vuelas en parapente, quizá arrancar las malas hierbas del jardín o poner los pies en la mesa. No importa, pero sea lo que sea que imagines, que te haga sentir viva. Toma el tiempo que necesites, te espero.
Me siento mal, muy mal – me dijo al rato.

¿Qué quiere decir muy mal, para ti, Sofía? ¿Desesperada, angustiada, enfadada, impotente?
No lo sé. Todo, creo. No sé. Necesito hablar con alguien que me escuche.
Te escucho, le dije. Y empezó su relato.
Mi hijo tiene Síndrome de Asperger, como imaginarás. Sencillamente, asentí.

No soy una buena madre para mi hijo. No me quiere, me desprecia, a veces me insulta cuando está enfadado. Me llama vaga porque dice que nunca quiero hacer nada, que siempre estoy cansada y que solo hace cosas con papá. ¿Imaginas lo que es oír eso de tu propio hijo? A veces pienso cosas horribles y me siento la peor madre del mundo, indigna de él.

¿Sabes lo peor de todo? Que cuando miro a mi hijo, me veo a mí misma. Sus gritos son mis gritos. Sus golpes son mis golpes. Sus portazos, son mis portazos. Cuando pega, soy yo pegando.
Continué escuchando a Sofía. Hablaba y hablaba. Yo sentía su dolor, su desconsuelo.
Cuando se vació de lo que llevaba dentro, calló.
¿Cómo te sientes? Le pregunté. En sus ojos vi asombro.
Esperaba cualquier cosa menos esta pregunta, me dijo.
Soy tu compañera de viaje no tu guía, respondí.
Ligera. Así es como me siento. Más ligera.

Gran parte de las frustraciones que sentimos durante la crianza de nuestros hijos, son producto de nuestras creencias limitantes, de las expectativas que ponemos en ellos. Con el paso del tiempo vemos que no solo no se cumplen, sino que, en ocasiones, sucede justo lo contrario. Por ejemplo, yo soy una apasionada de la natación y de la gimnasia rítmica. A mi hija mayor la obligué a ir a natación y a gimnasia rítmica porque fueron dos actividades que me hubiera encantado hacer de pequeña…

Cuando descubrí la educación respetuosa me sorprendió mucho. Entraba en el convencimiento de que me ayudaría a modificar la conducta de mi hijo, cuando resulta que la que tenía que modificarla, era yo. Fue un descubrimiento abrumador. Me dio miedo, porque no sabía lo iba a encontrar dentro de mí. Fueron meses de auto descubrimiento a través de los cuales fui comprobando que mi nueva yo encontraba su sitio en el mundo.

Educar con consciencia implica, ante todo, responder a las necesidades de tus hijos en lugar de educarlos para que ellos respondan a las tuyas. Por eso es imprescindible que integres a un nivel profundo la idea de que tu hijo es una persona irrepetible y distinta, no una extensión tuya.

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¿Te ha sido de ayuda? ¿Te sientes identificada? ¿conoces alguna familia que mundoTEA pueda ayudar? Me encantaría escuchar tus comentarios.

Espero que esta historia te haya servido para sentirte acompañada por otras familias en tu misma situación. No estás sola. Ya no.

Comparte el artículo entre las familias en las que pienses que les puede ser de utilidad.

¡Nos vemos pronto!.

Gracias por dedicarme tu tiempo.

Te envío un abrazo.

Carmen Herrero

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